Hija de familia y otros cuentos por Alejandro Barrón

Cliente predilecto

 

Cuando regresó a casa eran las once y quince de la noche.

El pequeño rompió en sollozos: ¡A papá lo mordió un vampiro!, chilló mientras se refugiaba en el regazo de la madre.

Los más grandecitos, tomando valor, se acercaron a él y lo examinaron a detalle: el hombre estaba pálido pálido y ojeroso, adelgazado el semblante y dos puntillos rojos en el cuello.

No había duda, a papá lo había mordido un vampiro.

¡A papá lo mordió un vampiro!, gritaron los tres niños.

Cariño, te amamos, pero así no se puede, así no no, es que no se puede, dijo la esposa mientras se acercaba a la puerta con los tres niños y un maletón.

El portazo estridente hizo cimbrar los cuadros de la pared.

El hombre tomó asiento frente a la tv y suspiró aliviado: creyó por un momento que habían descubierto que venía de visitar a Natalia Aleksandrovna, su prostituta ucraniana favorita.

 

 

Dramas burocráticos

 

Lo tomó por el cuello y no dejó de apretar hasta erradicar cualquier signo vital. Se limpió el sudor y se acomodó la corbata.

¡Craso error!

Aún seguía escuchando la voz de su jefe, que le pedía con grosera altanería los pendientes resueltos.

¡Puntual solución!

Abrió la ventana y saltó.

 

 

Hija de familia

 

Camino a su casa observamos las luces de la ciudad a través de la ventanilla del tren. Ella me toma de la mano, más por nervios que por cariño.

Caminamos por una calle desierta, triste y mal iluminada. Nos detenemos frente a una casona antigua, semiderruida.

Angélica tiembla. Antes de abrir la gran puerta de madera, se planta frente a mí:

—Este es el momento para que desistas. Una vez que cruces por esta puerta no habrá vuelta atrás…

Nos besamos a conciencia.

—Te amo… —le susurro al oído.

—¿Prometes no dejarme nunca?

—Lo juro.

*

Entramos a la casa. Un intenso olor a formol infecta el ambiente. En la sala la televisión está encendida, justo en la barra de comedias.

—Están en el comedor… —me dice Angélica, sonriente. Me toma de la mano con fuerza. —¿Papá? ¿Mamá? Tenemos visita…

Un sudor frío me recorre las sienes. Helos ahí a los dos: de la boca del padre sale un ciempiés que, sigiloso, busca refugio en la oreja izquierda. La piel amoratada del hombre resalta algunas pústulas, producidas por el asentamiento de la sangre. La madre tiene un montón de moscas agolpándosele en las comisuras de los labios; caminan campantes con sus asquerosas patitas por los globos oculares que están a punto de desorbitarse. Los miembros agarrotados, sus manos suspendidas en la mueca del rigor mortis.

—Vamos ¡Salúdalos! —me dice la emocionada Angélica.

Retrocedo.

—¿Querías conocerlos? ¡Aquí están!

Toma el brazo derecho de su padre y lo levanta con cierta brusquedad: —¿Lo dejarás con la mano extendida? —me dice, algo malhumorada.

Alargo mi mano y estrecho el puño a medio cerrar del padre.

—Mu… mucho gusto… señor.

—¿Y a mi madre? —Angélica toma la cabeza de su madre y la levanta un poco: —A ella salúdala de beso…

Le doy un beso en la mejilla. Puedo escuchar el zumbar del ejército de moscas que tiene dentro de la boca.

Me alejo y vomito en un rincón.

Angélica ríe con una risa extraña.

—¡Me haces muy feliz, en verdad!

—Esto no está bien, Angélica… tus padres… ¡Tus padres están muertos! —vomito de nuevo.

—¡Ellos dijeron que nunca me dejarían!

—¡Pero estas cosas ya no son tus padres! ¡Son repulsivos cadáveres!

El semblante de Angélica ha cambiado, ha dejado de sonreír.

—Tenemos que avisar a… —siento un pinchazo en el cuello. Poco a poco me voy paralizando.

Angélica me besa en la mejilla: —Recuerda que tú también prometiste, juraste que jamás me dejarías…

Desde entonces los cuatro vivimos en aquella casona. Pasamos los días viendo comedias viejas, con todo y las risas enlatadas de gente que murió hace mucho tiempo. Miro la televisión mientras las cucarachas juguetean entre mis cabellos, las lagartijas me picotean los ojos y anido un millar de moscas en mi boca, en mis oídos, en mi estómago. Los ojos de los padres de Angélica se han podrido: se escurrieron hace algunos días; bajaron como lava de volcán a través de sus caras. Angélica les ha colocado ojos de cristal en sus cuencos verdosos. Los míos tampoco tardarán mucho en desaparecer. Ella trata de cuidarnos lo mejor posible, aunque muchas veces le resulta muy cansado. Intenta evitar que las ratas nos muerdan, sin embargo los pies de su madre han sufrido algunos reveses. Entonces Angélica se desespera y se da de topes contra la pared y nos grita y nos golpea con un mazo en el estómago. Después se disculpa con cada uno de nosotros. Se pasa horas acurrucada en nuestros regazos, platicándonos cosas, riendo, llorando.

Mi amada Angélica sale de casa dos o tres veces a la semana, para conseguir más formol. A veces siento unos celos incontrolables al no poderla acompañar. Cada día luce más radiante.

 

 

 

Alejandro Barrón (Tepic, 1987). Estudió Comunicación en su ciudad natal. Ganó el XI Premio Estatal de Cuento Indígena Tlahuitole, en 2006. En 2015 publicó la plaquette de ficciones breves Patrañas, meses después la revista Playboy México publicó su cuento titulado El inspector. En julioo de 2016 la editorial erótica independiente Morvoz editó su primer libro de cuentos llamado Pinche Malena. Ha publicado en las antologías Cuentos del sótano V, de ENdORA ediciones, Homenaje a Gabriel García Márquez, de Ojos Verdes Ediciones (España), en las revistas Punto en línea, de la Universidad Nacional Autónoma de México, El pájaro azul, La Jerga, Voces y Letralia.

Desde 2010 reside en la Ciudad de México.

 

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