AURIFOBIA.

 

Diana mira desde abajo a Victoria. La contempla, la analiza casi obsesivamente y sigue sin saber qué diablos es lo que le ven los demás. Se convence, una vez más, de que Victoria no es tan alta, ni tan bella, ni tan fina o portentosa y por eso la mira con un resentimiento que no hace más que crecer día tras día; sobre todo en estas fechas donde los eneros se vuelven cada vez más helados e insoportables. Un viento cortante azota el agua que circunda a Diana y la brisa gélida e hiriente lacera como todas las mañanas su cuerpo. Por eso trata de abrazar su propia desnudez, pero sus brazos de bronce no la dejan y sólo le queda, como si se tratara de un castigo auto infligido, mirar hacia el pedestal desde el cual Victoria se alza petulante por encima de la cabeza de todos los que quieren acercarse a ella. Diana suspira, al mismo tiempo que envidia el cabello rubio y la forma en que el sol refulge sobre el cuerpo de Victoria; envidia también el fino manto de oro con el que aquella juguetea por las mañanas con el viento y con el que se cubre el pecho por las noches. Diana se entristece y desde el suelo da un paseo por sus propios dominios para sólo encontrar en una de sus manos un viejo arco sin cuerda que alguien, en tiempos muy lejanos, le dejó como legado. Nunca supo (o no recuerda) si alguna vez tuvo un carcaj lleno de flechas listas para surcar los aires en busca de alguna presa escurridiza.

Y entonces un destello cruza por la mente de Diana.

 

Alguna vez, está segura, muchos se dirigieron a ella con respeto, con miedo, con veneración. Diana sabe que no está loca. Los recuerdos comienzan a inundar su cabeza nublada por la contaminación de la ciudad, por el ruido de los autos, por las pláticas inentendibles de la gente que a diario pase enfrente de ella sin mirarla siquiera.

No está loca.

Y recuerda cuando iba a cazar todo tipo de aves a los montes, acompañada únicamente con su arco y el carcaj repleto. La remembranza del sonido del aire cortado por las flechas la despierta de su letargo milenario. La gente la veneraba, le llevaban ofrendas, la celebraban cada año.

La gente le decía Diosa.

Una fuerza extraña recorre el cuerpo entero de Diana. Una lágrima salada resbala por su mejilla, y baja por su cuerpo hasta llegar al suelo donde uno de sus pies pequeños permaneció inmóvil durante tanto tiempo. El suelo retumba, retiembla desde sus antros y un mar de agua salada emerge, la rodea mientras el suelo se va resquebrajando.

El sol va llegando al cenit y las alas doradas de Victoria deslumbran desde cualquier punto que se les mire. Victoria lo sabe y sonríe. Disfruta ser observada y regala su mejor pose. Se sabe intocable porque su pedestal es alto. Se siente una Diosa y disfruta cada minuto de esa sensación.

También olvida que le ha estado dando la espalda a Diana desde hace mucho tiempo.

Diana observa esas alas y no se deja deslumbrar por los dorados rayos que emanan del cuerpo de Victoria. Respira profundamente y se concentra al máximo pues sabe que ha llegado la hora de cazar de nuevo.

Un silencio profundo opaca el ruido cotidiano de la ciudad. Diana contempla su arco que ahora está cargado con la flecha más poderosa que jamás haya visto. Apunta justo a la espalda de Victoria y dispara mientras el sol es opacado por una nube perdida.

El aire es herido por el filo milenario de una punta brillante que tiene marcado su destino inalterable.

Victoria deja de sonreír; siente que le falta el aire y un dolor inenarrable recorre su espalda; trata de voltear para entender qué es lo que acaba de sucederle, pero ya es demasiado tarde. La flecha alcanzó su corazón de oro… su corazón de falsa diosa… y cae de cabeza sobre el suelo gris, como un ave de rapiña gigante.

Un estruendo seco regresa la totalidad del ruido de la ciudad y la tierra deja de moverse. La gente en la calle, sorprendida y aterrada, se acerca a Victoria y le llora. No pueden creer que esté partida en mil pedazos. No pueden creer que haya caído de su hermoso pedestal. No pueden creer que sus alas no le hayan servido… y tampoco pueden creer que Diana esté resplandeciendo, como nunca jamás lo había hecho antes.

Diana trata de buscar otra flecha, pero el carcaj está vacío. No importa; ha satisfecho su hambre de caza. Sabe que es momento de ocultar en su memoria lo que acaba de hacer y por ello reacomoda en su largo brazo el arco que se siente otra vez viejo y olvidado.

Su rostro sereno se solidifica y ahora Diana comienza a prepararse para dormir con la mirada desafiante dirigida hacia un horizonte desconocido.

Diana cierra los ojos y duerme sabiendo que tal vez Victoria será levantada por la gente de la calle para posarla otra vez en su pedestal inmerecido.

Diana duerme, al menos por hoy, sola y tranquila… pero no guarda ni olvida su anhelo para despertar y cazar justo en la forma en que acaba de hacerlo.

Diana está sonriendo de nuevo.

Abraham “Gritonero” Chávez.

Twitter: @gritoner

 

Escritor de ocasión, abogado por error vocacional y oriundo del Barrio San Miguel “Iztapalapower”.

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