La azotea.

 

Y bien, ya llegaste al último piso; tu respiración ya se escucha menos agitada, pero el sudor, el sudor es el que de verdad te está jodiendo; la playera la traes empapada, los ojos te arden y la rajada que traes en el cachete se está cociendo en tus jugos; sangre, te caga la sangre, hace que te sientas mareado y que te den ganas de vomitar… ¿te acuerdas de cuántas veces hiciste tus escenas hemofóbicas en la escuela? Todos se reían de ti y las maestras sólo te miraban con repulsión… repulsión… pinches viejas ojetes… nomás porque ellas ya estaban acostumbradas a ver hemorragias de todos los tamaños en la escuela… sangre… puta sangre que no para… ves la puerta negra que te sabe a libertad… y tú traes la llave, recuérdalo… sólo tienes que empujar hacia arriba la chapa que está barrida, pero debes apurarte… ya vienen… ya vienen… vienen por ti.

El tiempo no es suficiente; nunca es suficiente cuando escuchas patadas sobre una puerta que se ve cada vez más vencida. El aire frío que pega en tu cara es reconfortante… pero no te emociones; eso sólo es el principio de tu final.

Sabes que no hay escapatoria porque le temes a las alturas y para llegar al otro edificio tienes que saltar… saltar como dos metros… saltar un precipicio de trece pisos… ¿te sudan las manos? Sí, te sudan porque sabes que no la vas a librar.

                           Pinche gordo de mierda.

Lloras porque es lo único que sabes hacer; las piernas fofas te tiemblan más que de costumbre y te tumbas al suelo, esperando a que esos culeros entren. Seguro quieren vengarse. ¿Ahora entiendes? ¿De verdad lo entiendes? Jamás debiste haber arrollado a ese perro… ni al niño… ni a la señora de la silla de ruedas.

La noche ya está cayendo; la policía ni siquiera se ha asomado; estás sólo, más sólo de lo que usualmente estás. Ya no oyes las patadas en la puerta y ahora te preocupa tanto silencio. Ves la puerta oxidada… tu única salvación hasta ahorita… tu única amiga… moribunda… está a punto de vencerse.

Te pones de pie; escuchas de nuevo los pasos sobre el pasillo… el sudor regresa… el ardor de la cortada se intensifica y los golpes en la puerta ahora se escuchan totalmente demoledores. Te sientes en una escena del señor de los anillos. Miles de orcos cargando un ariete… una puerta… gruesa… pero hecha pedazos… los orcos entran… se vuelven humanos… dos de ellos, muy encabronados… con pistola en mano.

Miras el precipicio.

Sientes el aire.

 

No tienes escapatoria.

 

Nunca la tuviste.

No sabías como sonaba un corte de cartucho y ahora, estás escuchando dos casi al mismo tiempo; ves que todos se acercan hacia ti… no les ves ganas de dialogar. Quieren matarte y tú, parado casi al filo de la azotea, estás a punto de orinarte… y lo haces. Tu más próximo ejecutor te barre de arriba abajo y se asquea.

Te mareas, das media vuelta y corres con todas tus fuerzas…

Y saltas con todas tus fuerzas.

 

Y sientes que la libertad, por vez primera, te acaricia.

Llegas, increíblemente, al otro lado. Nunca te habías sentido tan feliz, tan pleno, tan realizado. Por tu mente cruza el momento en que te deshiciste de ese pinche niño odioso, de su perro castroso y de la viejita que nomás estorbaba con su pinche silla de ruedas y, aparte, lograste brincar al otro edificio. Le das la espalda a la calamidad; escuchas gritos, injurias, groserías, maldiciones y tú sonríes porque sientes que acabas de librarte de una muerte segura.

Pero todo se viene abajo.

Un disparo certero, de azotea a azotea, te atraviesa la espalda y caes de rodillas. La sonrisa se te desdibuja.

Pinches culeros.

 

Un segundo disparo. La cabeza se te revienta y todo se pone blanco. A callar todos; ya pasó el desmadre.

Nunca pudiste bajar ni de un edificio ni del otro y ahora paseas infinitamente alrededor del lugar donde te atrincheraste con la única esperanza de poder empujar por la borda de la azotea, a los ojetes que te mataron y te quitaron de la boca, el único sabor a gloria que tuviste en toda tu perra vida.

Abraham Chávez Fiesco.

Twitter: @gritonero

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