Toc, toc

 

-Joder, ¿no he desaparecido?-

-¿Sabe usted qué debe hacer?-

-Mierda, aquí sigo-

-Lárguese ahora mismo, ¿me oye? Lárguese aunque sea un par de días, o un par de años o un par de vidas. Pero váyase pronto. No se devaste un segundo más en la sombra de no sé qué, ya huele mal, ¿sabe? Percibo el olor guardado de sus miedos. Váyase, le digo, que me está apestando la chaqueta.-

-Viejo loco, no hablaba con usted-

-Usted no hablaba con nadie.-

-Debo cortar la comunicación con ella, sí, eso debo hacer, debo dejar de buscarla, sí, será lo mejor, debo cortar la comunicación con ella, sí, eso haré- me lo repetía como el pájaro carpintero que picotea un árbol, mientras me levantaba del suelo con un cansancio inusitado. -Qué gente tan metiche camina por las aceras últimamente- me dije- juro no haber enunciado una sola palabra cuando estaba en el suelo, ¿qué hacía ese viejo marchito con cara de plátano después de tres días, husmeando en los murmullos de mi pensamiento? Se están perdiendo los buenos modos.

Caminé derecho a mi apartamento, sorteando el impulso de observar a la gente y a los puestos de la calle, en el intento, alcancé a ver a una florista de caderas absurdamente ausentes, cuyo local era el infierno del amante que no sabe más que llenarle de moscas la casa a su enamorada. A mi lado pasó un perro marrón que tal vez no era un perro, sino un pedazo de mierda domesticado, que alguien defecó y se rehusó a tirar de la palanca. Observé más tiempo del que hubiera querido a un joven con las bolsas llenas de alimentos pero la cara vacía de sueños, una pareja se tomaba de la mano mientras se soltaba de los miedos, un hombre que tenía como bigote un gato crispado se miraba de reojo en la vitrina de una miscelánea de baratijas, donde atendía un tipo tan flaco como una esperanza. Doblé en la esquina, caminé cincuenta metros, dos pasos, tres alientos, seis o siete pensamientos y llegué al edificio número catorce. Tenía que subir hasta el piso noveno, no había ascensor. Escalón por escalón, disfrutaba de meditar si me arrojaría del quinto o el sexto- los placeres que a veces uno se da- el siete no me gusta, en el ocho empiezo arrepentirme y en el nueve, prefiero entrar a mi pieza y masturbarme mientras lloro y leo alguno de sus poemas. Maldita perra, no me quiere. Tan sólo iba en el cuarto piso y ya empezaba asomar medio cuerpo por la barandilla sin dejar de aferrarme fuertemente con las manos, me sudaban. Disfrutaba del vértigo que me provocaba imaginarme cayendo, hasta que cada uno de mis huesos reventara contra el suelo, igual que mis ojos explotaron cuando me derramó encima la saliva de su despedida: su dulce beso en mi mejilla. Subí hasta el penúltimo piso donde se hallaba el derroche de mi quincena, el número de la puerta se había caído y ya no recordaba cuál era, tampoco me importaba. La puerta es color azul, azul intriga; no sé qué tipo de azul es así que decidí llamarle así.

Abrí y el entorno guardó silencio; el aire se respiraba a sí mismo, yo me asfixiaba: él me ocultaba algo. Arrastré los pies hasta el sofá, unos que no eran míos, este cuerpo me lo saqué en una caja de cereal. Me desparramé y observé fijamente el televisor en la espera de encontrar sus ojos mordelones en algún punto de la oscuridad; cómo deseaba que sus pestañas masticaran mi cuello y me vieran sangrar sobre sus olas de carne blanca y espuma rosada. Tiré de mi cabello hasta arrancarme unas cuántas hebras, deseaba que sus labios que son la tierra que alberga muertos y da vida, desaparecieran de mis anhelos proyectados en la pantalla del televisor que nunca encendía. Me deslicé cual culebra hambrienta hasta mi habitación, trepé la cama y saqué del primer cajón uno de sus poemas, sin sospecharlo, mi mano izquierda estaba bajo mis calzones y los peces morían en las playas, pues todos los mares discutían en mis ojos cuánto iba a durar mi orgasmo.

 

Cuento escrito por Esse Ferrer.

http://www.facebook.com/parnassumgradus

 

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