Etcétera

 

Viene; se sienta en el viejo sillón; rebota suavemente unas tres o cuatro veces para escuchar los resortes rechinar; enciende el cigarro… Raleigh, como siempre; tararea esa canción de los Smiths que nos ponía a bailar todas las noches… esa que dice muchas veces “etcétera”; deja la colilla en el cenicero hasta que se consume sola; corre las cortinas que apestan a cigarro (nunca pude quitarles ese tufo asqueroso); abre la ventana dizque para ventilar; se queda mirando hacia la avenida, sin camisa; toma la colilla y la lanza hacia fuera; sonríe; hace una mueca que no deja de darme miedo; voltea hacia la cama; se quita los pantalones; camina hacia mi; busca en el buró el vaso con vodka… solo, como siempre; me mira; vuelve a sonreír pero ahora con la respiración agitada; pone una rodilla en la cama; jala las sábanas; tose; sigue jalándolas hasta dejarme totalmente descubierta; sudo, sudo frío… como siempre… y posa la otra rodilla.

El colchón de la cama se sume y se oyen también los resortes; tose más fuerte, más fuerte, más… hasta que desaparece… otra vez, como lo ha hecho noche tras noche desde hace seis meses.

 

       Siempre a las tres de la madrugada.

 

Tengo miedo… pero logro calmarme… siempre logro calmarme…

 

          Nada se compara a aquella noche en la que le disparé justo en la cabeza…

 

                                Nunca debió tocarme de esa forma…

 

Él no tenía derecho a hacerlo…

 

Aunque fuera mi hermano.

 

 

Cuento escrito por Abraham “Gritonero” Chávez

@gritonero

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