Reinvención del mentiroso

Es un arte, como cualquiera. El fingimiento está emparentado con la poesía, la música y la pintura. Si alguien tiene la osadía de ejecutarlo, deberá imitar las acciones de un estudiante dedicado, de un aprendiz inquebrantable, de un hombre brioso.

Por Isabella Portilla @isobellack

Si al artista se le reconoce por su destreza, al mentiroso de entrañas puede distinguírsele por la sutileza de sus movimientos, por la agudeza de su mirada o por el planeamiento de sus actos.

Pericia. Constancia. Tesón. La disciplina de la falacia no escapa de esos requerimientos. Pero en estos días funestos en los que “artista” es cualquier pseudo y “actuación” es una práctica corriente para la modelo de pasarela, el arte de la imaginación ha perdido su mérito. Su reputación ha alcanzado el menoscabo de una prostituta.

Por eso propongo una enmienda.

El mentiroso diestro estará obligado a falsearse, sin tacha, ante la sociedad falsa e hipócrita a la que pertenece. Esa consigna será parte de su artificio. Valga decir que sólo mentirá cuando sea rigurosamente necesario y no comercializará con su invención, costumbre antaña de los sofistas.

Si el aspirante a este noble arte no tiene la memoria de Ireneo Funes, es mejor que la ejercite; de lo contrario, correrá el riesgo de ser atrapado rápidamente. Por ejemplo, tendrá que lavarse los dientes con la mano contraria a la que normalmente lo hace, reconocerá los ingredientes de su comida y luego verificará sus percepciones con quien la preparó. O, si desea métodos más efectivos, convendrá hacer su mayor esfuerzo por acordarse de los hechos difusos que enmarcaron su última borrachera.

Ser quijotesco hasta el punto de caer en su propia trampa es más que perjudicial. El arte de la mentira no deberá colindar con la mitomanía.

Si está ávido de destreza en el timo, el candidato a farsante deberá simular al ajedrecista. Tendrá que pensar sus jugadas, verificarlas y llevarlas a la praxis. Todos los elementos circunstanciales serán relevantes, por lo que habrá que inventarse ficciones de fácil arme y desarme.

Si el falsario corre el riesgo de involucrar a otras personas, su mentira artística tendrá el valor de la imitación del cuadro o de la película pirata que se compra en la calle. Si su deseo es ser un auténtico y útil embustero, deberá tener un plan de resguardo. Una vez sumido en la mentira, sacará de su manga una opción que resulte convincente.

Como el pianista, que cuantas más horas pasa junto a las partituras, más cerca se sitúa de la perfección, así pasa con el buen farsante. La práctica logrará que sean innumerables los dobleces elaborados en su pensamiento y múltiples los emitidos por su cabeza.

Y por último, si el mentiroso, el subversivo de la estética, quiere consagrarse como el mejor de su círculo social, es conveniente que se convierta en escritor.

Pero, claro, para ese oficio no existen reglas.

 

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