Sontag, etc

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“Si alguien fuera Susan Sontag iría a buscar la verdad a una trinchera de Vietnam. Le sostendría la mirada al rostro depauperado del dolor. Temería, como ella temió. Entonces se impactaría tanto que enmudecería, desde la boca hasta el papel”.

Sin remedio, retornaría a Manhattan. Leería Ficciones y al terminar, cerraría los ojos y diría en voz alta que siempre y para siempre aquel ciego sería su héroe. Así que, indefectiblemente, volvería a hacerlo: escribiría para describirse. Para definirse. Para averiguar quién es.

Para hablarse.

Para dotar de voz a las preguntas que rodean su existencia.

Si alguien fuera Susan Sontag, conocería a un par amoroso y a los diez días se casaría con él. Y con él tendría un hijo que años después se convertiría en su editor.
Al ser estadounidense, renegaría por haber nacido en este país discordante, soberbio, salvaje y en cambio, se sentiría identificado con los derroteros políticos europeos.

Escribiría desde el placer de escribir y por el placer de leer. Escribiría sin importar bien por qué lo hace. O por qué no lo puede dejar de hacer.

Si alguien fuera Susan Sontag su escritura sería a la vez activismo político, polifonía crítica del poder. Diría que el 9-11 fue una consecuencia natural de la política exterior de Estados Unidos como superpotencia mundial, que George W. Bush es digno de ser odiado y temido y que García Márquez no cumplió con su rol intelectual por guardar silencio sobre las violaciones de los derechos humanos del régimen castrista.

Si alguien fuera Susan Sontag, inclasificable, actuaría siempre pensando en el compromiso político de su quehacer y de esa manera, quisiera o no, conseguiría ser honesto. Claro, aunque no fuera Susan Sontag.

A todas luces sería poliédrico, como ella: la eminente conciencia de un país obeso. Novelista. Ensayista. Cineasta. Judía sin práctica. Hembra hiperactiva. Insaciable consumidora cultural. Criatura de apetitos promiscuos. Escritora de perpetua insatisfacción: en definitiva, una intelectual.

Si alguien fuera Susan Sontag estaría relacionado íntimamente con su identidad sexual, y esa sería una de las vías para saciar su ambición: la de conocerse y entender la vida. Andaría en una búsqueda perpetua de cariño. Amaría, quizá, a una Harriet Sohmers Zwerling, o a una María Irene Fornés y sabrá sólo ella a cuantas más. Moriría adorando a la fotografía, o lo que es lo mismo: a aquella artista de apellido Leibovitz.

Pero hoy, a once años de que la leucemia y sus metáforas la vencieran, mañana, nunca, nadie. Nadie más que ella podría ser Susan Sontag.

 

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Isabella Portilla

Escritora y periodista colombiana.

Autora de Malandrines (Planeta, 2011) y Megalectores (Educativa, 2012). Ganadora del premio Guillermo Cano 2010 y del galardón a la joven promesa del periodismo colombiano. “Cabeza de Medusa” es el nombre de su columna de ficción en el diario El Espectador. Actualmente vive en Nueva York.

Facebook: https://www.facebook.com/isabella.portilla

Twitter: @isobellack

Instagram: @isobellack

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